Paz en la guerra

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Más tarde, después de la merienda, volvió a encontrar a su sobrina, a punto que resonaba la corneta de llamada sobre el rebullicio de la gente. Aquietóse el rumor, contáronse los toques y Enrique dijo separándose de las chicas: ¡Nos llaman! Se volvió de más lejos para saludar una vez más a Rafaela, y entonces fue cuando se acercó el tío a ésta, más dicharachero que nunca. Había bebido para cobrar valor, había bebido excitado por el bailoteo.

—Vamos, que bien te has divertido —le dijo por lo bajo—, no hay como tener novio...

—Cosas de ese chiquillo de Marcelino... —contestó ruborosa.

—¡No, cosas de la vida! Lo que es ser joven... ¡Ay!, si tuviera yo quince o dieciséis años menos..., como cuando te sentaba sobre mis rodillas y te hacía bailar, y me pasabas las manecitas por la cara diciendo: tío mono, tío mono...

—Todavía no eres viejo... y, al decirlo, la pobre sentía angustia y vergüenza.

—Todavía... soy raro, que es peor que ser viejo...

—Hasta don Miguel Arana ha bailado esta tarde —oyó decir en un corrillo cuando se retiraba a casa quebrantado, como tras día de ruda labor.


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