Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Sufría doña Micaela de continuo pensando: ¿dónde estará?, y el día en que encontró en el bolsillo del chico unas balas, las palpitaciones le quitaron el respiro. El mejor del día se le llevaban muerto. Otra noche, tarde ya, puso una lámpara a San José mientras envió a buscar al chico. Y al verle entrar rojo y sudoroso, y al saber que se había ido tras de la tropa a ver un fuego, empezó a palparle mientras murmuraba: ¡me vas a matar! «¡Estas mujeres —pensaba el chico—, chillan por un ratón!»

Pedro Antonio se había decidido a cerrar su tienda y pasarse al campo en que tenía su hijo, y las primicias de sus ahorros.

La villa imponía dieciséis millones de reales a los vecinos que no estuvieran armados; allí no podía vivir por más tiempo; una hostilidad silenciosa se desprendía de las miradas de los vecinos liberales; alguna vez le hería en lo vivo la voz de ¡carlistón!

—¡Cuándo volveremos...! —exclamó Josefa Ignacia, enjugándose los ojos al dar vuelta a la llave su marido.


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