Paz en la guerra
Paz en la guerra —¡Pronto y en triunfo! ¡Aquà no podemos seguir! —exclamó para darse fuerzas, sintiendo se le vaciaba el pecho al dejar aquella tienducha, nido de su alma, en cada uno de cuyos rinconcillos habÃa ido dejando, durante años, nimbos imperceptibles de pensamientos de paz y de trabajo. PresentÃa no haber de volver a ella; el corazón le callaba con silencio triste.
El tÃo Pascual salió a despedirles y animarles, lamentando no poder irse con ellos. Poco después, cuando iba a partir el coche, llegó don Eustaquio, que se quedaba execrando de lo estúpido de la guerra aquella. «¿Por qué vendrá a molestarme?», pensaba Pedro Antonio. Josefa lgnacia soñaba en aquel Bilbao, nido de sus oscuras costumbres de inconciente amor, cuna de su hijo.
Los viajeros hablaban de la guerra y del peligro que amenazaba a la villa. Al llegar a la avanzada carlista, detúvose el coche. Al borde de la carretera, en una casaca, jugaban al mus unos aldeanos y soldados carlistas. Aguardaban con paciencia los viajeros, hasta que, cansado el cochero, se acercó a uno de los jugadores para darle prisa, a que despachara pronto su cometido porque le esperaban.
—¿Quién?
—¿Despachas o nos vamos...?
—¡Tengo! —exclamó el otro.
—¡Que te están esperando hace un siglo...!