Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—¿Los de levita? ¡Bueno!, que esperen, que ahora yo mando..., ¡órdago al juego!

—Habría que acabar con esta raza —dijo uno de los viajeros por lo bajo.

—No acaben ellos antes con la de ustedes... —contestó Pedro Antonio, a quien se quedó mirando su mujer, sorprendida de tal audacia del paciente chocolatero, en quien, al sentirse fuera de su tienda, resucitaba el voluntario de los siete años.

Unos se iban, y venían otros. A mediados de noviembre, hallándose comiendo la familia Arana, se abrió la puerta y una voz chillona que alegró el corazón a todos exclamó: ¡aquí estamos!

—¿Eres tú, Epifanio?

Y don Juan se levantó para ir a abrazar a un vejete vivaracho, que le puso las manos en los hombros, le miró de pies a cabeza sonriendo y le apretó luego contra su pecho.


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