Paz en la guerra

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Y no tendría Bilbao, como en el 36, la protección del cielo, no la Virgen de Begoña que velara como en los siete años por él. Fueron los carlistas a sacarla del altar de su santuario, y llenos allí de santo celo, desgarraron en la sacristía a bayonetazos, a los legionarios romanos de los cuadros en que Jordán pintara la pasión del Cristo. Lleváronse a la Virgen en marcha triunfal, de noche, por vericuetos y estradas de montaña, en hombros de chicos animosos. Alumbraba la marcha, como hachón enorme, la llama del incendio de un vapor en la ría, el consumo de aura mercancía combustible de la villa. Las rojas llamaradas se reflejaban en la cara lustrosa de la Virgen, mientras clamaban ¡milagro!, ¡milagro! algunos de los circunstantes. Uno de éstos, señalando a la matrona que allá, en el cementerio, extiende sus dos coronas, exclamó: ahí queda esa..., ¡que os ampare! Llevaron a la Virgen en jornadas hasta Zornoza, y se clamó milagro de nuevo, al decirse que iba destornillada en las andas.

—¡Qué alegre viene! ¡Parece que se ríe!

La villa, en tanto, pasaba días desabridos e inciertos, preocupada con las operaciones del ejército libertador, que esperaba de un día a otro, y preparando el ánimo a supremos trances.


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