Paz en la guerra

Paz en la guerra

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A falta de otro juego de bolsa, surgió espontáneamente el de cotizar mediante apuestas los probables sucesos futuros.

En los corrillos se rodeaba al que venía de fuera, moliéndole a preguntas; hacíanse cálculos y cábalas, apostándose que se hallaba el libertador ya en Briviesca, ya en Miranda, camino de Bilbao. Los bromistas proponían fletar un globo, e ir con él a Santander a dar gracias a los bilbaínos allí refugiados, por su consejo de que enviara la villa una comisión a la corte. Avisaba el libertador que habría de presentarse a las veinticuatro horas de caer la primera bomba, y era argumento de risa el tal aviso.

¡Imposible!, se exclamó al recibir noticia de la toma de Portugalete. Don Juan llegó a su casa aplanado. Quedaba Bilbao como un islote, separado del mundo, una vez tomado el guardián de la entrada de su ría. Y al verse la villa sola, irguió cabeza, respiró con fuerza y un aliento soberano le llenó el alma. ¡Adelante!, ¡viva la libertad! Los republicanos desarenados, la chusma según Arana, pidieron armas. Cuando se comentaba con desdén, el que Santander hubiera regateado con los carlistas su entrega de noventa mil duros, murmuraba don Juan: ¡pero ella tiene nuestro comercio!


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