Paz en la guerra

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Don Juan espiaba el barómetro, que es como llamaban al rostro del brigadier jefe de plaza, estudiando en su impasible fisonomía el cariz de las noticias.

Las noticias adquirían valor de acciones bélicas, la palabra era un arma poderosa, dispensadora de fe o de desaliento.

Apresóse a un laborante por hacer correr la nueva de la rendición de Luchana, notición de que se rieron mandando a la cárcel al propagador de falsedades. Y cuando al siguiente día fue certificado, resistiéronse a creerlo, quitando importancia al suceso en los corrillos. Creíanlo unos escandaloso, ridículo simulacro le llamaban otros, recordábase el comunicado de La Guerra, en que los rendidos prometían morir antes de rendirse, irritaba el que les hubiera recibido con música el enemigo, y exclamaba don Epifanio: ¿qué queda, ¡oh puente de Luchana!, de tu gloria pasada?

Al siguiente día la noticia de reflujo, la nueva de la toma de Cartagena, centro del cantonalismo. Respiraron; el libertador recibiría de refuerzo las tropas hasta entonces distraídas. Fantasearon el recibimiento que habría de hacérsele, formando marcialmente en la carrera; hubo apuestas de que llegaría antes de febrero. Las apuestas eran frecuentes, por ellas se medía la fe que salva.


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