Paz en la guerra

Paz en la guerra

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La villa, aislada del mundo, soñaba con Moriones, el libertador, designando la casa en que habría de alojársele. Los raros periódicos que llegaban apenas decían palabra de Bilbao, cuando sólo en él, en sus angustias, debieran ocuparse..., ¡miserias de la política! La guarnición murmuraba por no cobrar sus haberes, y la villa suscribía 24.000 duros para satisfacerla. Obligóse a tomar arma a los perezosos; se dio orden de cerrar las puertas a las diez de la noche.

Y dentro ardían las pasiones políticas. Don Juan pedía una milicia esencialmente conservadora, «de los que tenemos algo que perder», sin chusma. Ansiaba más que nunca la depuración, en aquellos momentos supremos, abrigando ridículos temores respecto a los exaltados.

No quería apareciese Bilbao, como el baluarte de la bullanguera libertad del triple lema: «libertad, igualdad, fraternidad», sino cual celoso guardián de su propio espíritu, del reposado progreso que camina sobre el comercio, cual guardián de la libertad en el orden. Sentíase liberal, pero liberal sin color ni grito.

Seguía en tanto, la vida ordinaria, tejiendo en su lento telar su infinita trama. El aislamiento provocó el buen humor. Queríase engañar al tiempo bailando.


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