Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—¡Gangarronas, más que gangarronas!, no tenéis juicio; el mejor del día te traen tuerta o manca —decía doña Micaela a su criada, que con otras, se iba por los senderos, dando grandes revueltas para guarecerse de los tiros, a bailotear con los chicos del enemigo.

Sufría más que nunca la pobre señora con Marcelino que, con uno de aquellos catalejos de cartón de la remesa recién enviada por un negociante oportuno, hacía correrías a ver los fuertes carlistas, sosteniendo que las balas perdidas cogen sólo a los cobardes.

—¡No habléis de la guerra delante del chico, por Dios! —rogaba la madre a su marido y a su hijo mayor.

Pasó un día de angustia, sintiendo subírsele al cuello una bola de sangre, que deshaciéndose allí le derramaba frío por el cuerpo todo, cuando descubierto un agujerito en la gorra del chico, supo era un balazo. Había estado sacando la gorra por encima de una pared, para provocar a un centinela.

—Algún día va a ser peor —dijo Rafaela.

—¡Bocota, más que bocota! —exclamó el muchacho—, ya sé quién ha contado eso... ¡Aivá!, se pone roja..., como si no se sabría que Enrique es su novio...

—¡Cállate! —le gritó su madre, que tuvo que acostarse febril.

Rafaela lloró en silencio y a solas en su cuarto.

Para Juanito eran los días. 1labíanse despedido del año con un baile, y bailando entraron en el nuevo.


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