Paz en la guerra

Paz en la guerra

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El día primero se inauguró con baile el Círculo Federal. A mal tiempo, buena cara. Bailes en la Amistad, en Pello, en el Círculo Federal, en Lazúrtegui, en Variedades, en el Gimnasio, en el Salón, y música en la Plaza Nueva todas las noches. Desde primera de año hasta el 22 de febrero, segundo día de bombardeo, inclusive, dieron los periódicos de la villa cuenta de treinta bailes. Hasta al campo raso, bajo el cielo, los había; bailes que acababan con carreras, al silbido de las balas enemigas.

En aquellos días de suprema expectativa, era la villa una familia, más libres los cortejos, más íntimas las expansiones. Empeñábanse en divertirse por hacer rabiar al enemigo; La Guerra soltaba chistes acerca del sitio, recordando que se acercaba la primavera médica, en que es sumamente higiénico el ayuno. Era el caso realizar el esfuerzo, sin que lo agrio del gesto y lo amargo de la queja lo pregonaran, privándole de la generosa aceptación del sacrificio; ¡alegremente!, exclamaba La Guerra.

El buen humor, difuso de ordinario en la menuda trama de los imperceptibles actos cotidianos, el buen humor, que en tiempo normal se lo guarda para sí cada uno, brotaba en todos hacia fuera, como acto de deber social, y cuajaba en alegría colectiva. Los naturalmente alegres mostrábanse más alegres que de costumbre, más tristes los malhumorados por hábito.


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