Paz en la guerra
Paz en la guerra Emigraban los ojalateros carlistas a Bayona y los liberales a Santander. Soplaba La Guerra para levantar los ánimos con apóstrofes a las «hordas del despotismo» que miraban a Bilbao desde los altos «con codicia de ave de rapiña»; publicaba recuerdos históricos de los sitios que la villa sufrió en los siete años, llamándola tumba del carlismo; aseguraba que en el siglo XIX no aparece ningún Santiago, y ponía como chupa de dómine a los pontífices, en una «Historia del papado», mientras en la villa se cantaba:
Si el gobierno no pagara
A tanto cura vicioso
No habría esta jarana
Ni tanto latro-faccioso.
Don Eustaquio tragaba bilis, porque, al verle sin la gorrita de higo de los armados, le echaron mano, obligándole a voltear por las calles barricas para los fuertes, mientras los chicuelos, al ver un señor grave en aquella faena, le gritaban: ¡ojalatero!, ¡ojalatero!, cantándole aquello de
No tiene mucha vergüenza
El que aquí gasta sombrero
Pues los chiquillos al verle
Le llaman ojalatero.