Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—¡Bandidos! —murmuraba— me... chiflo en el convenio..., tuvo razón Pedro Antonio al marcharse.

Don Miguel no salió de casa aquellos días, riéndose detrás de las vidrieras de su balcón de la facha que hacían los volteadores de barricas.

Entróse en el mes del Carnaval, con bailoteo y música. Hubo pocas máscaras, y una sola estudiantina postulando para el comedor económico. El pueblo todo se dio al baile, al campestre sobre todo. Pronto tendrían al libertador en casa..., ¡a bailar! Hubo diez o doce bailes en tres días. Juanito, de guardia con su compañía, burlando con otros la vigilancia del centinela, que se hizo el ciego, invadieron el Salón, donde, haciendo los jefes la vista gorda, y dada vuelta por decoro la gorrita de uniforme, se bailaba.

El calor era sofocante. Enrique esperó en vano a Rafaela, que no quería dejar a su madre sola un momento.

Bailaban unos y pululaban pobres de puerta en puerta, mientras la vida profunda tejía en su lento telar la infinita trama de los sucesos que caen en el olvido.

—¿Será verdad? —preguntó doña Micaela, cuando el 20 se anunció el bombardeo.

Y don Epifanio:

—¡Qué ha de serlo!, ¡roncas nada más! Andan mal, con la bolsa flaca..., no pueden cobrar los cupones del empréstito que ha levantado la Junta de Merindades...


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