Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—Mañana está aquí Moriones —decía don Epifanio de vuelta de su correría—. Todo el mundo, en las puertas de las casas, comenta lo que pasa, sin darse cuenta de lo que es... Creen muchos que ha llegado el fin del mundo... ¡Pobre Faustino! Se asomó al rellano de la calzada, creyendo que había reventado, y entonces se le ocurre reventar...

Cuando al anochecer entró quedito el tío Miguel, su paso lento y suave evocó en su cuñada el fatídico «¡ha muerto!» Habíase pasado el tío la tarde asomado al balcón tras de la vidriera, observando a los vecinos. No consiguió la familia Arana inducirle a que con ellos se quedase; por nada abandonaría a su casa, apegado a ella con felino afecto.

—No, no, allí estoy mejor que en ninguna parte —decía mirando a veces a Rafaela y a Enrique, mientras se tendían colchones en el suelo del despacho, dividiéndolo con una sobrecama en dos partes, para las mujeres y niños la una, para los hombres la otra.





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