Paz en la guerra
Paz en la guerra En el almacén se reunieron los vecinos todos de la casa, mirándose suspensos, en espera no sabían de qué. El ruido de los cañonazos con que la villa respondía al ataque martillaba en la cabeza de doña Micaela, que se ahogaba en el aire retemblante. Los chicos miraban con ojos muy abiertos a doña Micaela, que lloraba; a don Juan, que se paseaba dando órdenes; a la reunión de los vecinos todos; y murmuraban: ¿es eso el bombardeo?, ¿qué?, ¿el ruido ese? ¡Y no poder salir a la calle a ver aquello!
Llegó don Epifanio, asegurando que era sólo para asustar, y volvió a salir.
—Han destrozado la Sociedad —dijo uno que pasaba—, ha muerto Faustino...
El «ha muerto», la fatídica palabra, se posó en el corazón de todos, e hizo silencio. Habríase oído entonces el aleteo de la muerte. A doña Micaela se le borraron las figuras de ante la vista, y se dejó caer en una silla.
Entró Enrique, que venía de su guardia, donde a la primera humareda, en Pichón, a eso de las doce y media, la recibieron con un viva y explosión de chistes; oyeron luego como el resoplido de una locomotora que pasase a todo vapor. Traía el suplemento en que se aseguraba veíanse guerrillas sobre Portugalete, prontas a libertar a la villa.