Paz en la guerra
Paz en la guerra Al siguiente dÃa, blindáronse puertas y ventanas, con sacos de tierra en unas partes, en otras con tablones de madera y cueros de buey. ParecÃa el banco una tenerÃa; por sus huecos todos aparecÃan abigarradas pieles. Los tablones que se pusieron en las ventanas del almacén de Arana, cerrando entrada a la luz, aumentaban la triste lobreguez de la tienda y la del alma de doña Micaela, en puro sobresalto, sin sosiego, por todo temblorosa. Aquella noche despertó a todos con un grito de angustioso terror; habÃa sentido unas patas finas por la frente, el paso leve de un ser invisible. Tuvieron que prepararle una cama, acostóse con fiebre, y empezó para Rafaela la triste distracción de aquellos dÃas. Pasábanse el dÃa entero con luz artificial, entre paredes que resudaban humedad inveterada, en un continuo Jesús la pobre madre, preguntando por su marido y sus hijos a cada momento.
El pueblo presentaba extraño aspecto; blindados los bajos de las casas, y formando aduares las familias recogidas en lonjas, tiendas, almacenes y sótanos, para proseguir el curso de la vida ordinaria en lo que dio en llamarse las catacumbas. El peligro aunó familias, hizo del pueblo todo una sola, apiñada frente a la suerte dura; andábase por la calle como de casa; un puchero, hecho más de una vez en el portal, serÃa para más de una familia, y en un hogar ardÃa fuego de varios hogares.