Paz en la guerra

Paz en la guerra

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En casa de Arana se reunieron el primer día todos los vecinos, pero distribuidos muy luego, según sus relaciones, no quedaron al cabo con la familia de don Juan, más que don Epifanio, Enrique con sus hermanos menores, y su abuela doña Mariquita. Sobresaltaba a Rafaela, aquella comunidad de vida con su semiconfesado novio, aunque comunidad moderada y limpia, y a él causábale íntimo desasosiego verla recién levantada, en trapillo fresco y trenza deshecha, llevar el caldo a su madre, atender a los niños y revolverse serena y viva en el tráfago doméstico, espiando un quehacer. Cosíale a las veces algún botón suelto, y corría a la cabecera del lecho materno, cuando al encontrarla en lo oscuro del almacén sombrío, le dirigía él la palabra sobre cualquier fruslería.

Las mujeres eran las que peleaban silenciosas, con la resignación, mientras ellos hacían sus guardias.

Don Miguel iba todos los días un rato al escritorio, a arreglar tarea atrasada, mas resistiendo siempre el quedarse con la familia de su hermano. Pasábase largos ratos en el almacén, en aquel hogar a modo de campamento nómada, que le parecía ahora más profundo, viendo trajinar a su sobrina. Iba cobrando cariño a Enrique, e interesándose en aquel amorío tranquilo y oscuro, que se entretejía en la infinita trama del tejido de la profunda vida ordinaria, recreándose en la felicidad que prometía a los dos jóvenes.


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