Paz en la guerra

Paz en la guerra

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El miércoles de Pasión leyóse en la lonja de Arana la proclama en que el jefe sitiador aconsejaba a los sitiados se rindieran. Estaba enterrado uno de los generales del ejército libertador y espirando otro; era doloroso que se destruyeran unos españoles a otros sin motivo justificado; una población sensata, floreciente, rica y exclusivamente consagrada a la prosperidad de su industria y su comercio, debía decidirse, ajena a pasiones políticas, a poner en salvo su vida, entregándose a ellos; el Rey, compadecido de la villa, quería acelerar la hora del choque decisivo; ordenando el bombardeo de San Juan de Somorrostro; una abnegación y heroísmo como los de los numantinos, explicables sólo ante un extranjero, eran, entre españoles, insensatos, inhumanos y crueles; el Rey no se impacientaba por ser dueño de Bilbao, pues la suerte estaba escrita, mas se dolía de que cuatro obcecados, que tendrían sin duda culpas pendientes, juzgando a los carlistas vengativos, se engañaran y engañaran a otros, arrastrándoles a una resistencia egoísta, bajo máscara de patriótica abnegación; el Rey, Rey de todos los españoles y no de un partido, daría prosperidad a la nación, pues español de raza y de corazón...





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