Paz en la guerra

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—Alto ahí —exclamó don Epifanio—, ¡qué español ni qué ocho cuartos! Francés, francés de raza, austriaco de nacimiento, e italiano de educación..., y eso el de verdad, el que murió en Oroquieta, que éste es un zapatero de Bayona que se le parece mucho...

Y la proclama acababa diciendo que, cuando entraran a viva fuerza, no bastarían los esfuerzos del jefe sitiador para contener a la masa excitada.

—De algo le servirá la espada de honor que le han regalado los ojalateros de Bayona...

Abríales los brazos, cumpliendo, al exhortarlos, con su conciencia, como cristiano, como español y como soldado; la sangre caería sobre los obcecados; que les iluminara el cielo; el mundo juzgaría a todos, y la historia pondría a cada cual en su lugar.

—¡Así sea, amén —acabó doña Mariquita—, y que asalten de una vez!

—¿Entrarán? —preguntó Rafaela, con un tono tal, que su padre la miró, sintiendo un escalofrío, como si hubiese resucitado la pobre señora, como si estuviese allí la sombra doliente, mientras exclamaba don Epifanio:

—¡El ejército avanza victoriosamente!


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