Paz en la guerra
Paz en la guerra Dieron los sitiados oídos de mercader a las amonestaciones del enemigo; vociferó La Guerra contra él y contra los denuestos que El Cuartel Real, irritado, vomitaba sobre los bilbaínos. Había hambre de noticias.
Sostenía La Guerra que la insurrección carlista había salido de las logias de los jesuitas y de los antros del Vaticano, y que en Bilbao se defendía la causa del libre examen, del racionalismo, contra la fe dogmática.
—No tanto..., no tanto... —murmuraba don Juan.
Los días en que la Iglesia celebra la pasión de Cristo pasáronlos en ayuno forzoso, y con los destrozados templos desiertos de devotos, como era natural. Por el de San Juan, destartalado, corrían los chiquillos, recogiendo los cristales prismáticos de las arañas para hacer luces de colores, jugando al escondite en los altares, trepando al púlpito, encantados al poder corretear y jugar y gritar en tan solemne recinto.
En tales días chanceóse La Guerra a cuenta del antiguo director de los pasos de la procesión, entonces cabecilla; llamó a don Carlos asesino, añadiendo que era digno de las bendiciones del papa; y el jueves de Pasión embistió rudamente a la Iglesia en un artículo titulado «Jesús».
—Nos va a castigar Dios por tanta blasfemia..., —decía Rafaela.
—¡Te he dicho ya que no entran!