Paz en la guerra

Paz en la guerra

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El Sábado Santo llegaron números de El Cuartel Real con descripciones ampulosas de los combates de Somorrostro.

Empezaba a ocultarse el desaliento; comenzó a venderse carne de caballo, a doce cuartos libra; subió a la hora a tres reales, a peseta al fin del día, y, por último, hasta tres pesetas, para los que podían pagarla. Los demás la comían de gato, a 30 ó 40 reales uno, y aún de rata, a peseta. ¡Con qué ojos miraban Marcelino y sus compañeros al barrendero, cuando al llegar por la mañana, metía en la faja las ratas cogidas en el almacén durante la noche, las nutridas con la harina oculta de don Juan!

Reanudóse el bombardeo, pero ¿qué era junto a la perspectiva del hambre? ¿Las bombas? Rafaela fue una noche con unas amigas al Arenal a ver el efecto que hacían al caer en la oscuridad. Las bombas habían entrado en la trama de la vida ordinaria, eran cosa corriente, pero... ¡el hambre!, el hambre la disuelve hilo a hilo, la carcome.

—El gobierno se burla de nosotros —repetía don Juan.

Al toque de bomba refugiábanse los transeúntes en los portales, brotando el espíritu público en los diálogos allí entablados.


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