Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Había hambre de comunicación con el mundo exterior, de saber lo que pasaba en los repliegues de aquellas colinas y montañas, que se mostraban serenas allá, a escasa lejanía. Armaron unos marinos un telégrafo de señales.

—¿Contestan? —preguntó Rafaela a su padre, al volver éste a casa después de presenciar el ensayo.

—Sí, contestan los carlistas enseñándonos en una percha un trozo de jamón, pan, una bota de vino y una olla.

—¿Y no les han deshecho a cañonazos a esos estúpidos bromistas? —preguntó doña Mariquita.

—¡Bah!, son sus gracias..., de algún modo han de demostrarnos su cariño...

Y lo demostraban así, no siendo raras las amonestaciones epistolares que dejaban en las avanzadas, ya la muda advertencia de poner, junto al pan negro de los sitiados, el blanco de los sitiadores.

En esta última tregua, prolongada durante veinte días, hízose sentir más vivamente la penuria. Don Juan, salvada por segunda vez de la requisa su harina, ingeniábase para cocer un pan blanco, que comían los chicos miga a miga, cual si fuese pastel.


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