Paz en la guerra

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La imaginación de los sitiados ideó aprovechar la riada para lanzar a su corriente, cuando iba ya decreciendo, botellas empenachadas de una banderita blanca y conteniendo escritos reveladores de la situación de la plaza, como misiva de náufragos abandonados en un apartado islote. Los niños, al saberlo, comentaron la ocurrencia con afán, entusiasmados de aquella robinsonada, mientras los grandes proyectaban lanzar globos y establecer telégrafos de señales.

El día mismo de la avenida de aguas recibióse en la plaza noticia del ejército libertador, de su última batalla, y de la próxima llegada de veinte mil hombres más, de retuerzo, al mando del marqués del Duero.

—Es, siquiera, un hombre serio —dijo don Juan, que desde el convenio de Amorebieta miraba con ojeriza a Serrano.

El parte reconfortó los ánimos. Habíalo introducido, caminando de noche por montañas fragosas, a favor de la tormenta, y disfrazado de aldeano del país, un carabinero animoso. Fue festejado como un héroe; publicáronse sus noticias, verbales todas; se le dedicaron cantos; se abrió una suscrición a su favor, comprábase su fotografía. Había traído ánimo a la villa, despertando a la vez en ella el culto al heroísmo.


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