Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—¿Sin gloria resistiendo el hambre y las lonjas? —dijo Rafaela.

—¡El ejército avanza victoriosamente! —contestó, rehaciéndose, el emigrado.

El día 10 se suspendió el bombardeo, y el 11 bajaron en impetuosa avenida las aguas del río.

Sopló sobre la villa viento de tempestad; derribó chimeneas; arrancó de cuajo árboles. Cuarteóse el puente por el ímpetu de la riada. Aterráronse los supersticiosos. Gentes sencillas, exasperadas por el bombardeo, creían llegado el fin de la villa, recordando aquel viejo vaticinio de que habría de perecer inundada. Don Miguel, que oía sereno las campanadas de bomba, se escondió bajo la cama, taponándose los oídos, al oír los truenos. Don Juan tuvo que trasladar a toda prisa sus harinas, por temor a las goteras. Al invadir las aguas las destrozadas casas, remacharon el estrago de las bombas; anegaban las desiertas moradas, fomentando su ruina; formaban con los escombros fango. Y sobre ellas flotaba, invisible y ardiente, el tifus, llevando el delirio. El cielo despiadado se cebaba en los caídos.

Para levantar un poco los abatidos ánimos recorría las calles una patrulla con guitarras, ejerciendo la obra de misericordia de consolar al triste.

En aquella violenta avenida fue el supremo cuidado el de salvar la pólvora, atesorada bajo uno de los arcos en seco de un puente, junto a la ría.


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