Paz en la guerra
Paz en la guerra Veía, silencioso, ir y venir a su sobrina, servirle los caldos y medicinas; la seguía con los ojos, y una vez ella ausente, poníase a imaginar lo que debía haberle dicho y lo que le habría respondido ella, para volver a sentir opresión y vergüenza en su presencia. Entre tanto no cesaban el campaneo y el fuego del enemigo.
Aquella noche, en que tuvo que quedarse Rafaela en casa de su tío, fue de angustia. El bombardeo era violento. Había visto a su padre cabizbajo; sabía que ni quedaban víveres, ni se podía resistir, y recordaba aquella otra noche triste, la de San José, en que se llevó la muerte a su pobre madre. ¡Pobre! y volvió a revolotear en su mente el «encima de la caja, carabí».
—¡Rafaelilla!
—¿Qué quieres?
No quería nada; que se le acercase; que le contestara; oír su voz tan sólo.
A la mañana, como el tío se encontraba muy aliviado de sus dolores, volvió Rafaela a su casa, dejándole dormido.
—Pero ¿cuándo asaltan? —preguntaba doña Mariquita.