Paz en la guerra
Paz en la guerra El pueblo, alicaído por la miseria, se enderezó al recibir el fuego; los tiros le encorajinaron, distrayéndole del hambre. Volvió a apremiarse al ministro de la Guerra.
El 29, por la tarde, a las seis, y sin previo aviso, la campanada de la villa y el estampido del obús enemigo sembraron confusión y carreras. Recogíanse todos desolados a casa, a las lonjas no pocas familias que en la larga tregua habían vuelto a sus destartaladas habitaciones. El fuego fue atroz en un principio, a bomba por minuto; a las tres horas pasaban ya éstas de ciento cincuenta. Volvió la angustia, no se acostaron en casa de don Juan hasta cerca de la una, y al amanecer del 30 recibieron la noticia de que el tío Miguel, encamado hacía tres días, iba agravándose por momentos, y de que llamaba a Rafaela. Y se fue ésta en un breve respiro que dieron los sitiadores.
Estaba el pobre decaído y triste, con el vientre descompuesto, suspirando a cada momento y no hablando si no de su muerte próxima, para que su sobrina le repitiera:
—Eso no es nada... Estos hombres, en cuanto tienen un dolorcillo de nada, están ya llenos de miedo...
—¿Crees así?