Paz en la guerra
Paz en la guerra —Déjala; queda ya quien la atienda; nosotros no harÃamos más que estorbo.
«¡Qué bruto!», murmuró ella para sus adentros, y siguió pensando. «¿Y para qué se quedará Enrique?, ¿hará más que estorbo?»
HabÃa disparado a la que quedó herida, jugando al blanco por broma, un voluntario del campo enemigo, un aldeano que, incapaz de matar una mosca en tiempo de paz, se divertÃa ahora con la guerra.
Al encontrarse en casa, al amparo de sus paredes, sintió Rafaela escalofrÃos, pensando en el peligro de que habÃa escapado, y doña Mariquita, al saberlo, gritaba:
—¡Ahora, ahora sà que no nos rendirnos, caribes, fariseos!
Rafaela excitada por la escena de aquella tarde, sentÃa a ratos renacer en ella el espÃritu medroso de su pobre madre, mas pronto lo ahogaban sentimientos de irritación y de odio contra aquellos hombres que guerreaban, y una idea, tan profunda como inconciente, de lo estúpido de la guerra, de lo estúpido y brutal de aquellas cosas de hombres. ¡Cosas de hombres!, de hombres a quienes no ha vivificado la religión, el espÃritu de la familia que identifica en sà lo varonil y lo femenino. HabÃan herido a Concha, a la pobre Concha, insustancialmente, sin que ello viniera a cuento. Esos hombres juegan a la guerra como los niños, y se empeñan luego en que las pobres mujeres les crean que pelean por cosas serias.