Paz en la guerra
Paz en la guerra Aquella tarde salió Rafaela con una vecina, y con Enrique y Juanito, de paseo por las afueras. Apenas oÃa a Enrique, saciando la mirada en el campo, en aquellas huertas con que hacÃa tiempo no apacentaba su vista. ¿Cuándo terminarÃa aquello y podrÃan pasearse? Estaba Enrique explicándoles la posición de los fuertes enemigos cuando, viendo correr gente, dijo Juanito palideciendo:
—¡Vámonos pronto de aquÃ, a casa!
La amiga de Rafaela dio entonces un grito, parándose.
—¿Qué es eso?
—Que no puedo andar..., que me han debido de herir... —y empezó a ponerse blanca como la cera, a la mera idea de haber sido herida.
Rafaela miraba a su hermano y a Enrique, queriendo darles prisa con la mirada. Los jóvenes se acercaron a la chica para que en ellos se apoyara, y al mirar ella el suelo y ver sangre, se desmayó, cayendo en brazos de Enrique. Rafaela sintió asombro, terror, desasosiego, y por debajo de todo ello una inconciente punzada de celos.
—¡Pronto, pronto!, a la primera casa. ¡AquÃ, al portal!
Lleváronla a la más cercana; se reunió gente; y Rafaela se encontró a poco, y sin saber cómo, con su hermano, y camino de su casa.
—Pero... ¿y Concha? —exclamó deteniéndose de pronto.