Paz en la guerra
Paz en la guerra —En fin, yo no sabré explicarme, don Juan, pero sé lo que me digo. Eso se mama con la leche, y lo que con la. leche se mama, en la mortaja se derrama. Asà era en mi tiempo y asà seguirá siendo... Otra cosa serÃa un desbarajuste... No podrÃa una fiarse de nadie si lo mismo puede ser una persona una cosa que otra...
En la mañana del 28, y con motivo de la salida de varios súbditos extranjeros, encontráronse Juanito y Enrique en una avanzada carlista, donde probaron pan blanco y hablaron con Juan José.
—Uno de estos dÃas nos tendréis dentro.
—Os recibiremos a tiros.
—Asà me gustan los amigos. ¡Chócala!
Hablaron con más Ãntima efusión que nunca, sintiéndose más que nunca en comunión de amistad. Juan José y Enrique conversaban como viejos camaradas, evocando antiguos recuerdos, mas sin aludir lo más mÃnimo a aquella cachetina en que se resolvió entre ellos dos la jefatura de la calle; cachetina cuyo recuerdo era entonces el dominante en ambos, el que a todos los demás teñÃa, el que los enlazaba más vivamente en aquella mutua expansión. Los dos tenÃan presente aquel dÃa en que, después de haberse calentado a trompada limpia, se separaron sudorosos, embarrados, y sorbiéndose los ensangrentados mocos.