Paz en la guerra

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Algunos pedían una escarda en la villa, que se expulsara de ella a los sospechosos de carlismo, a los laborantes, cuyo número exageraban. Así se conseguiría, de paso, mayor desahogo en la penuria a los que quedasen. Hablábase de inteligencias entre los tales laborantes de dentro y los sitiadores; de que se entendían de noche mediante luces; puro recelo de desconfianza, prurito a dar con el imaginado traidor. Culpábase a otros de difundir el desaliento y la alarma; de sembrar la palabra «capitulación», para que, susurrada de oído en oído, hiciera sola su efecto; delito éste de envenenar la fe más grave que el de envenenar las aguas para producir una epidemia, y no menos fantástico.

—Esos laborantes, esos laborantes —repetía dona Mariquita—, a mí no se me quita de la cabeza eso de que Arleta sea auxiliar... ¡Artera!, si he conocido yo a sus padres, y a sus abuelos, y a su familia toda..., carlistas, todos carlistas; carlistas de toda la vida...

—¿Y qué tiene que ver eso...? —le decía don Juan.

—¿Qué tiene que ver? ¿Liberal, y de familia carlista.? Es lo mismo que carlista de familia liberal...

—¿Pero es que son carlistas o liberales las familias, y a. perpetuidad?


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