Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Mientras los más de los acogidos en la lonja de Arana iban al Arenal, subió Juanito con algunos de sus compañeros a la cresta de la cordillera de Archanda, a ver los abandonados fuertes enemigos y a contemplar, esponjándose a todo pulmón al aire libre de la montaña, la villa hecha girones. ¡Cuánto les quedaba que contar! Pasado ya lo pasado, ¿quién no se alegraba de haber sido actor y testigo de aquel drama?

Alzábanse humaredas de caserías quemadas por el enemigo en su retirada las unas, y otras por merodeadores de la villa, que se desparramaron a saquear casas, asaltar corrales y atropellar aldeanas, si venía al caso; a dar rienda suelta a sus instintos exacerbados en el forzoso encierro, a tomar el desquite al bato. En triunfo llevaron unos sujetos por medio del paseo de la villa a una vaca robada.

En este día comieron pan blanco los de casa de Arana, en la habitación normal destartalada, junto a un tabique en escombros. Sobre el gozo de la liberación pesábales el recuerdo de doña Micaela, cuya invisible sombra diríase vagaba azorada por su destrozado hogar.

Dejaron con algún pesar aquel almacén que les sirvió de hogar en las horas de recogida angustia y de incertidumbre, aquel almacén consagrado para en adelante con el espiritual perfume de la muerte lenta de la pobre madre.


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