Paz en la guerra

Paz en la guerra

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A la tarde fueron las mujeres y los niños a un banco del Arenal, a ver el paso de las tropas libertadoras, mientras don Juan, Juanito, Enrique y don Epifanio formaron en la carrera, con el batallón de auxiliares. Los veteranos concurrieron con la bandera que la ex reina Isabel había regalado a la milicia nacional del año 36.

El ejército libertador, descalabrado y hecho una lástima, entró por el Puente Viejo, único que quedaba en pie, por el puente de los viejos recuerdos de la villa, blasón de sus armas, testigo de sus intestinas turbulencias; fue recibido por el concejo, y atravesó el pueblo hecho jirones. Pasaban con caras pálidas de fatiga entre otras pálidas de miseria y con el sello de las tinieblas, y nada de entusiasmo loco, sino algunos vivas, mucha solicitud y corrientes de mutuo cariño compasivo. Cerníase sobre la alegría un inmenso luto y la dulce dejadez soñolienta de la convalecencia. Diríase que acababan de salir de un doloroso sueño. Pesaba sobre todos una ardorosa sed de descanso.

A un soldado, que se desmayó junto a Rafaela, le sentaron en un banco, le llevaron agua, le abanicaron las mujeres como a un hijo.

Los niños eran los que gozaban con el retemblar de los trenes de batir sobre la calle, con el destile de cañones, en cuyas cureñas iban sentados los artilleros, con los trajes, con los galones, con las banderas, con los colorines.


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