Paz en la guerra
Paz en la guerra Tras la columna entraron amigos y parientes de los sitiados; recibiéronse cartas atrasadas, llovieron telegramas. La liberalización de Bilbao despertó a España; Coruña, la de los milicianos del 23, bailó en las calles; Santander, la enemiga de Bilbao, le envió una comisión; Barcelona, dinero para los pobres; recibiéronse saludos a la «nueva Numancia», «perla de los mares», «losa del absolutismo», y hasta se le dispararon versos.
En casa de Arana molieron a preguntas a un pariente de don Epifanio. Quedábales un consuelo, y era que si mal lo habían pasado dentro, fuera habría sido peor. Los liberales habían vivido de milagro, y los carlistas más divertidos que nunca. ¡Qué tertulias las de los pueblos, animadas por los emigrados carlistas de Bilbao!, ¡qué limonadas!
—¡Qué fanatismo, chico, qué fanatismo!, ¡qué sermones! Las iglesias parecían clubs o tabernas..., los negros por aquí, los negros por allí... ¡Figúrate que por Pascua no se pudo vender a ningún precio un cordero hermoso hermoso, porque era negro! Un día que entrarnos Matrolochu y yo en la iglesia, llena de gente, nos dejaron anchos anchos, por no tocar a unos negros. Sabes aquel cura de aquí, no me acuerdo cómo se llama..., les dijo que era una vergüenza aquel Mercurio que estaba sobre la fuente aquella del paseo, que era un ídolo gentil, el dios del comercio y del latrocinio...