Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Ignacio se pasaba el día en espera de la gran batalla, en máxima tensión su imaginación belicosa, jugando a las chapas o a busca de caracoles para matar el tiempo. Extendíase a su frente el risueño valle de Somorrostro, cual circo de un vasto anfiteatro. Divídelo en partes desiguales la ría, más allá de la cual iban perdiéndose de vista los perfiles de las montañas del campo enemigo, empezando en el Janeo, que domina a lo largo al valle todo. Del lado acá de la ría, guardando su entrada y dominando al valle, el Montaño puntiagudo, con sus escalones; luego se despliegan, en media luna, la ladera de Murrieta, la fragosa colina de San Pedro de Abanto, y la de Santa Juliana después, separada de ella por la garganta que da paso a la carretera. Desde aquí, elevándose en gradería, escalan las colinas las estribaciones de la elevada sierra de Galdames. El valle sube, en suave pendiente, a unirse con la red de colinas que le enlazan a las alturas circundantes, alturas a que suelen bajar a descansar las nubes.







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