Paz en la guerra
Paz en la guerra Acomodábanse los chicos del batallón en una casería, como sardinas en banasta, mientras el dueño, dejando su cama, tenía que ir a dormir al campo. Era un viejo marrullero, en continua lamentación, mientras su mujer, cubriendo a los chicos maternalmente la cabeza con la manta, para preservarles del frío, les desvalijaba a su sabor. Parecíale al viejo inconcebible la imprevisión de los chicos, que ya le quemaban una ventana, para tener que poner en ella una manta que impidiera el paso al aire, ya la escalera, para verse obligados a subir por el balcón, ¡puras ganas de hacer daño! Los caballos de los jefes le pisoteaban los sembrados, y ni aún le dejaban subir a recrearse en los altos, amenazándole con fusilarle por espía, si lo hiciera. Pero cuando, al llegar el vino, exclamaban los navarros: ¡ya viene el genio!, miraba el viejo sonriente a los cimientos de su casa, donde tenía la bodega oculta, y luego al furriel, con quien se entendía en tratos y contratos.
Los chicos miraban con malos ojos al paisano, que, sufriendo sus burlas y desdenes con paciencia, les explotaba a su sabor. No tenía otro remedio que sacar jugo a la guerra, ya que no le dejaban trabajar en paz; frente a la violencia del guerrero, aguzaba él, el pacífico, la astucia. De haber guerra, lo justo era que fuese para todos.