Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Respiró Ignacio un nuevo espíritu entre sus nuevos compañeros, que si no eran todos voluntarios, lo parecían en pura voluntad. Al uno de ellos, a Fermín, estando comiendo a la puerta de casa se le amargó el pan al oír contar los horrores de la impiedad revolucionaria desenfrenada, y cogiendo una tranca, se fue al monte. Adoraban a Ollo, y más aún a Radica, el albañil de Tafalla, el héroe popular que al grito de ¡viva Dios! les llevara más de una vez a la victoria. Eran éstos sus jefes naturales, los que ellos se habrían dado a escogerlos por sí. Representaba el uno, antiguo combatiente de los siete años, la tradición militar del partido; era el organizador de las fuerzas. El otro llevaba en sí los impulsos del pueblo, la frescura de su entusiasmo.










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