Paz en la guerra

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El viejo Elío, fidelísimo vasallo de su rey, se dispuso a llenar el mandato de impedir el paso al liberal, esperando, en la resurrección de sus viejas memorias, que vendría por el camino del 36, el conocido, el natural, el que como obligado señalaba la experiencia. Por mera precaución envió el 27 refuerzos al viejo Andéchaga, distrayéndolos así de guardar el paso grabado en sus recuerdos; mas el 28 lanzó Concha sus columnas a tomar las cimas de las Muñecas, y allí, en la carretera, cortó una bala la vida del viejo Andéchaga, el setentón caballero andante, alma de hierro y espíritu del sitio de Bilbao, dejando huérfanos a los encartados. El pobre viejo Elío quedaba solo entre generales nuevos, mientras el liberal invadía el valle de Sopuerta, abriendo su línea. Los hechos hacían traición a las memorias del viejo de Oriamendi; salíansele las operaciones del cauce de sus recuerdos; el enemigo intentaba, sin duda, confundirle. Ordenó abandonar Sopuerta y se entregó al destino, mientras Lizárraga dirigía la retirada de las fuerzas.

La noche del 28 avanzaban los liberales por escabrosos senderos, azotados por una lluvia terca, a colocarse en línea con sus compañeros los de Somorrostro. El 29 siguieron avanzando bajo la lluvia, y retirándose los carlistas a otra línea.


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