Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Al repercutir los ecos de Somorrostro en toda España, brotó de toda ella un inmenso clamoreo de odio y de piedad, enviando la nación nuevas remesas de sus hijos a salvar a Bilbao. Pedían muchos que se arrasara a sangre y fuego el país vasco, que se acabase de una vez con aquella casta levantisca; tronaban otros contra el clero; culpaban muchos al gobierno, comentando sus desaciertos; no pocos seguían divirtiéndose como siempre. Imaginábanse muchos las posiciones carlistas en Somorrostro abruptos despeñaderos, inaccesibles picachos, estrechísimas hoces, riscosos escondites, haciendo del risueño valle una tremenda trama de insuperables defensas, debidas a algún disloque del terreno. En resolución: novedades de actualidad para la prensa, temas de conversación y de discusiones de café, materia de comentarios para los más y causa de penas y de lágrimas en algunos hogares.

Las señoronas de Madrid se reunían a hacer hilas, murmurando unas de otras, y, con pretexto de asociaciones piadosas para socorro de los heridos, conspiraban por Alfonsito. En este hervor se formó el tercer cuerpo de ejército, y Concha, al tomar su mando para envolver a los carlistas, decía a sus oficiales que tenían reunidos a sus enemigos para batirlos en una sola batalla, cosa que tanto desearon los tercios de Flandes.


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