Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Amaneció espléndido el Jueves Santo. Con tierra del monte, paños de las iglesiucas vecinas y unas tablas, improvisó el piadoso Lizárraga un altar en una altura de la izquierda carlista. De trecho en trecho señalaban los cornetas la marcha del oficio litúrgico, y al alzar tronaron los cañones, sonó la marcha real, rindiéronse armas y cabezas y se alzó entre los enemigos, empapados en agua de tempestad, la memoria del Redentor ideal que murió por los hombres para traer, con la guerra, paz eterna. Luego, desarmados los carlistas del ala izquierda, fueron, por grupos, a rezar las estaciones.

Por la noche, vuelta a los vendavales; chubascos torrenciales, destrozando las casetas, dejaban al raso a los muchachos; oíase bramar al mar contra las montañas, y al amanecer del día 12 parecía el campamento restos de un naufragio. El agua del cielo, colándose gota a gota, iba a activar la descomposición de los muertos; llegaban bandadas de moscas de primavera; graznaban cuervos en las crestas de los montes y se esparcían por el valle miasmas de pestilencia, secuaces de la batalla.



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