Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Avisábanse todos los días de uno a otro campo la hora en que había de empezar el cañoneo, y más tarde llegó a dispararse con pólvora sola, por cumplir. Eran días de laxitud, en que llegó a darse el caso de que un cabo de avanzada carlista guiara a su relevo a un batallón enemigo extraviado. Hubo que prohibir, en algún punto de la línea carlista, que fuesen los muchachos a las posiciones enemigas.

A principios de abril furiosos ventarrones derribaron las cabañas de rama y césped y reventaron en chubascos a las nubes, preñadas de tormenta. El agua tempestuosa azotaba las montañas; y arrastrando tierra de aluvión al valle, desollaban los flancos de aquellos torrentes turbios que enterraron en fango los cañones, corrieron por debajo de las tiendas de campaña de los liberales, que tiritaban acostados sobre poyos, y cubrieron hasta la rodilla a los empapados carlistas de los fosos. Ni podían cocer los alimentos, ni secarse la ropa. El rigor del cielo reunió en algún punto a unos y a otros, haciendo que se refugiaran en casa neutral, unidos ante el común enemigo. Aquietada la borrasca, quedó más rico y lavado de la sangre el valle; hecho una lástima el campamento.


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