Paz en la guerra

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Entretanto los jefes supremos discutían las bases de un arreglo, sirviéndose de algún cura como de intermediario. Reconocimiento de grados ofrecían los unos; Carlos VII monarca absoluto o nada, contestaban los otros; plebiscito nacional, replicaban aquéllos; derecho de tradición y nada de soberanía popular a la moderna, contrarreplicaban éstos. Mantenían enhiesta los carlistas la bandera de «Dios, Patria y Rey», con mayor empeño que nunca. En el ejército nacional disponíanse muchos a desplegar la de Alfonsito, porque necesitaban un rey, único símbolo nacional para la guerra, un rey que fuese, ante todo, el primer soldado de la nación, el jefe supremo del ejército, impuesto al país por disciplina, y no un presidente, un paisano. La República enviaba, entre tanto, comisionistas que mantuvieran en el ejército su espíritu, que sembraran la idea en aquel campo erial para tales siembras. Tampoco faltó, por haber de todo, quien propusiese proclamar emperador a Serrano, el presidente entonces del poder ejecutivo de la república conservadora, el general bonito de la reina destronada, el amasador del último convenio.






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