Paz en la guerra
Paz en la guerra A la luz de la luna de media noche, que alumbraba las cimas, el tercer cuerpo liberal coronó las desoladas planicies serranas, y los soldados se echaron resollando en las desiertas mesetas, región de gavilanes, entre árgomas, brezos y helechos. La línea carlista estaba rota, y desde aquellas alturas se veía en la red de montañas el repliegue que ocultaba a Bilbao, ansioso de libertad.
El viejo, retirándose el último de Sodupe, marchaba sin saber a dónde le llevarían, con la resignación de la lealtad. Reuniéronse los dos cuerpos en Castrejana, y la conciencia del viejo se agarró al recuerdo de la resistencia que durante tres meses se hizo allí en la guerra de los siete años. El Rey le había ordenado impedir el paso al enemigo, y había que impedírselo. Cuando al preguntar a un joven qué tal le parecían aquellas posiciones, oyó que detestables, replicó que era mucho decir, fuerte en sus memorias. Pero la artillería del 36 no era la del 74; el enemigo no necesitaba tomar aquellas posiciones, bastándole con desplegar sus baterías de montaña y encerrarles entre ellas, las de la escuadra y las de Bilbao. Aparecieron en los altos los cañones.