Paz en la guerra
Paz en la guerra El viejo can de la rama proscrita, el cortesano de la desgracia, atento a los deseos de su Señor, dejando a Mendiry, se fue con Dorregaray a Zornoza, a ver al Rey para hacerle comprender lo necesario de que cambiase de voluntad. En la madrugada del primero de mayo recibió Mendiry orden real autógrafa de retirarse, y a las dos de la mañana cruzaba el último batallón carlista el puente de barcas, dejando libre a Bilbao.
Asà es como el ejército carlista, guiado por el viejo caudillo de Oriamendi, sÃmbolo vivo de su lealtad, de su fe, de sus tradiciones y de su experiencia, volvió a sufrir el revés del 36, la derrota de sus recuerdos, resistiendo con fe de viejo. Concha fue aclamado por sus tropas en el alto de Santa Agueda, y saludó a Bilbao con veintiún cañonazos.
Por las cimas de los montes que por ambos lados de la rÃa dominan a la villa del Nervión, desfilaban las tropas carlistas, mientras los morteros contenÃan a la plaza. Algunos mozos tiraban los fusiles, o los rompÃan contra los árboles, y se oÃa entre blasfemias el grito de la voluntad herida: nos han vendido, ¡traición! Lanzaban miradas de desesperación y de codicia a la villa que se les escapaba andrajosa de las manos, como en el 36 a sus padres.
Y no pocos soñaban con el desquite.