Paz en la guerra

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Pedro Antonio sentía, en sentimiento inconcreto, que muerto su hijo había con él muerto la causa por la que diera su vida; que el punto de vigor fue Somorrostro, no pasando de ser todo lo demás otra cosa que el despliegue de las fuerzas atesoradas y acrecentadas hasta entonces. Tenía la vaga intuición, oscura e indefinida, de que asistían al momento en que rompiéndose el nudo de las infinitas fuerzas, se derraman las energías, ya en madurez, momento que es principio del descenso, y no al de la fuerza juvenil, antes de decidirse el destino; que era aquello el estío de la siega, y no la primavera, en que laten las fuerzas bajo tierra. Había pasado la plenitud de la acción, la energía que brota al concentrarse las fuerzas, el instante de la libertad. Somorrostro fue el apogeo, la retirada de él la derrota de los viejos recuerdos del carlismo, que ya en Abarzuza llevaba esculpido en la frente su destino.

Por esto oía Pedro Antonio con indiferencia todo y eran sus comentarios escépticos; por esto se encogió de hombros al saber que se habían afrontado los dos reyes en los campos de Lácar, que hubo un reto del escuadrón de guardias carlistas montados al de húsares de Pavía —cosa de libros tales retos— y que Alfonsito había tenido que huir del campo. Y cuando Gambelu, en una de sus visitas a la aldea, le dijo que Cabrera había reconocido al rey liberal, exclamó:


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