Paz en la guerra
Paz en la guerra Fueron arrastrados a la plaza por la muchedumbre, a punto de que salía la comitiva a buscar al Rey. Pedro Antonio se erguía sobre las puntas de los pies para ver por sobre la fila delantera a él. Rompían marcha los miqueletes. El rumor del pueblo, los sones de clarines y de atabales, y el desfile de la gente tras del estandarte, sacudían el alma al chocolatero, que se santiguó al ver ondear a la Purísima del pendón de raso blanco que enarbolaba el síndico. Acordóse de un día en que, siendo él niño, le llevó su padre a la villa, a que presenciase una procesión de jueves Santo; y a tal recuerdo parecía despertar en él el viejo anhelo infantil con que quería comérselo todo con los ojos antes de que se desvaneciera para siempre.