Paz en la guerra
Paz en la guerra El día tres despertaron a Pedro Antonio, que había quedado a dormir en la villa, los veintiún cañonazos, repercutiendo en sus entrañas. Llegó Gambelu, e impacientes los dos, como dos niños, se echaron a la calle. ¡Qué gentío! El rebullicio del continuo fluir de la muchedumbre removióle a Pedro Antonio el poso del alma en que dormitaban sus viejos recuerdos; pensaba en cuando de muchacho acudiera a las ferias de aquella misma villa; le llegaban al alma el campo reconocido, la serenidad del aire, la placidez de la vega recostada entre los montes siempre verdes, los montes de su infancia, y el aire lleno de frescura marina.
Iban resurgiendo en su conciencia impresiones de su niñez, de las que llevaba apegadas al fondo permanente de su alma, de las que con ésta se le amasaron. «Aquí, en esta tienda, me compró mi padre unos zapatos; la tendera era tuerta...»; «allí, allí mismo, allí fue donde estuvimos detenidos con la vaca, cuando me trajo mi padre el día en que vino a venderla...» Al reflejo de tales recuerdos parecía revestirse todo el escenario que los evocaba, de frescura y de intensa vida; interesábanle las personas todas que llenaban el pueblo.