Paz en la guerra

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Era don Carlos rey de derecho y de hecho —se decía—, iba a serlo por la voluntad del pueblo, consagrándose por la verdadera democracia la tradición y el hecho consumado. Y¡aquéllas eran Juntas, aquéllas! De los 177 firmantes del mensaje —decía Gambelu— catorce tan sólo, nada más que catorce tenían apellido castellano; y los demás ¡qué apellidos! Gabícagojeascoa, Muruetagoyena, Urionabarrenechea, Mendataurigoitia, Iturriondobeitia..., ¡qué hermosura! para que les hinque el diente un pozano... Aquéllas eran Juntas, aquéllas; no había apoderado de Bilbao, para mayor paz.

Según se aproximaba el día tres de julio, designado para la Jura, henchíase Guernica de gente, y en medio del vaivén de la muchedumbre, en la expectación del acto y el rumor del choque de las pasiones intestinas, Pedro Antonio, que cediendo a los ruegos de su mujer, visitaba con Gambelu a diario la villa juradera, sentía renacer, como un cosquilleo en su alma, el fuego apagado en ella desde la muerte de su hijo.






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