Paz en la guerra
Paz en la guerra En sus primeros años de oficio iba con frecuencia a ver a sus padres, mas lo descuidó tan luego como hubo conocido en los bailes domingueros a una buena moza, Josefa Ignacia, expresión de serena calma y dulce alegrÃa difusa. Aconsejado por su tÃo, decidió tras una buena rumia hacerla su mujer, e iba el asunto en vÃsperas de arreglo, cuando, muerto Fernando VII, estalló la insurrección carlista, y obedeciendo Pedro Antonio al tÃo que le hiciera hombre, se unió, a los veintiún años, a los voluntarios realistas que Zabala sublevó en Bilbao, dejando asà el majadero para defender con el fusil de chispa su fe amenazada por aquellos constitucionales, hijos legÃtimos de los afrancesados, decÃa el tÃo, añadiendo que el pueblo que rechazó las águilas del Imperio sabrÃa barrer la cola masónica que nos dejaron en casa. Sintió Pedro Antonio al separarse de su novia, lo que el que a punto de ira acostarse a dormir es llamado a trajinar, pero Josefa Ignacia, tragándose las lágrimas, y creyendo en un Dios que da tiempo y lo quita, fue la primera en excitarle a que cumpliese lo que era la voluntad de su tÃo, y la de Dios según los curas, asegurándole que le esperarÃa, aprovechando de paso la espera para hacer sus ahorrillos, y que rezarÃa por él para que no bien triunfasen los buenos se casaran en paz y en gracia de Dios.
