Genio y figura
Genio y figura Así terminaba la carta, firmada sólo con la inicial R.
Madame Duval la llevó a la fonda donde el gaucho vivía, y estuvo presente a su lectura.
No bien acabó de leer, Pedro Lobo dijo furioso:
—Me insulta y hasta se atreve a amenazarme. Sin duda tiene nuevo galán y con él es con quien me amenaza. Yo me río. Morirá a mis manos como Arturito ha muerto.
—Sosiéguese usted —dijo Madame Duval con mucho reposo—. No es amenaza sino aviso lo que da mi señora. Ella dista mucho de tener nuevo galán. Créame usted. Hablo sinceramente. Mi señora se ha entrado por la devoción y lleva camino de ser una santa.
—¿Pues entonces quién es la persona de quien dice que debo salvarme? Yo no quiero salvarme de nadie. La buscaré y nos veremos las caras.
—No se exalte usted, señor Pedro Lobo —replicó la dueña—. No hay motivo ni posibilidad de que usted tenga nuevo lance. El aviso de mi señora se funda…
—¿En qué se funda?
—Tal vez en que ha irritado usted a un hombre rico y poderoso arrebatándole su único hijo, a quien idolatraba.
—¿Cree Rafaela acaso que el viejo Machado es capaz de pagar sicarios para que me asesinen?