Genio y figura
Genio y figura Menos en las temporadas en que había teatro, la Sra. de Figueredo recibía todas las noches. Cuando había teatro recibía también, pero no siempre. Sus tertulias eran animadísimas y solían durar hasta después de la una. Bien podía afirmarse que empezaban a las siete, porque la Sra. de Figueredo rara vez dejaba de tener convidados a comer, agasajándolos con cuantas delicadezas gastronómicas puede inventar y condimentar un buen cocinero, sin freno ni tasa en el gasto. Pero lo que sobre todo hacía agradable aquella casa, era la misma Sra. de Figueredo, que unía a su elegancia, discreción y hermosura, el carácter más franco y regocijado. Del sitio en que ella se presentaba, salía huyendo la tristeza. En torno suyo y en su presencia, no había más que conversaciones apacibles o jocosas, risas y burlas inocentes, sin mordacidad ni grave perjuicio del prójimo. Natural era, pues, que el primer obsequio que, no bien llegase a Río, se podía hacer a un forastero, era presentarle a una dama tan hospitalaria y divertida.