Genio y figura
Genio y figura Algo le contuvo también cierta ligera sonrisa burlona, que imaginó dos o tres veces ver pasar como un relámpago sobre el rostro de Rafaela, la cual harto bien sabía él que nunca había gustado de disimulos y rodeos, sino de prometer, conceder o negar, por estilo franco, sin el menor rebozo en la promesa. El Vizconde, además, no osaba pedir nada y nada pedía. ¿Con qué título, con qué motivo, había de pedir algo? ¿Era afecto renaciente, era liviano capricho, qué era lo que en aquel momento agitaba su corazón? Él mismo lo ignoraba. Sólo notaba, en el fondo de su alma, repentinos anhelos de deleite y una resucitada admiración, más vehemente que nunca, hacia aquella extraña mujer que sobre la lozana y alegre condición natural de la moza de Lisboa y sobre la graciosa pomposidad de la señora hacendada de entretrópicos, había logrado poner todos los perfiles, realces y filigranas de la parisiense más curtida y docta en el arte de los amores. El Vizconde, al menos, imaginaba todo esto, aunque nosotros no podamos asegurar que era real y exacto lo que imaginaba. Lo cierto es, que, en aquella noche, habló de todo con Rafaela: de teatros, de música, de libros recién publicados, de política y hasta de filosofía, pero no se atrevió o no halló ocasión oportuna para decirle, de sopetón y muy por lo serio, que de nuevo la amaba. Se limitó, pues, a echarle piropos, si bien con sobriedad, por miedo de hacerla reír, o lo que es peor, de fastidiarla. Así llegó la hora en que Rafaela tenía costumbre de retirarse. El Barón de Castell-Bourdac, su reconocido cavaliere servente, vino en su busca, le dio el brazo, y se fue con ella, sin duda en el mismo coche, acompañándola hasta su casa, antes de retirarse a la suya.